La popularidad de los dumbphones (teléfonos tontos), la alternativa más barata y sin florituras a los smartphones (teléfonos inteligentes), no deja de crecer. El movimiento se produce como reacción a un estilo de vida poco saludable y dependiente de la tecnología en el que hemos basado nuestra última década.

A medida que la capacidad de atención disminuye y la preocupación por la privacidad aumenta, la demanda de los consumidores de dispositivos más sencillos podría extenderse a múltiples sectores. El mercado de los dumbphones, teléfonos sin datos personales, crecerá conforme los smartphones se convierten cada vez más en sustitutos de las identificaciones personales y las cuentas bancarias.

Pero esta preocupación por la privacidad del software invasivo no para en los teléfonos. Los dispositivos interconectados en los hogares inteligentes y coches de nueva generación plantean problemas de privacidad similares y podrían provocar una nueva reacción contra los dispositivos inteligentes. Si la tendencia de los "dispositivos tontos" continúa, es posible que cada vez más personas decidan no participar en el futuro conectado.

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Sin embargo, en el otro lado del espectro tenemos la noticia de que Snapchat ha comprado una empresa de interfaz cerebro-ordenador para sus futuras gafas de realidad aumentada.

Meta, Apple y un montón de otras empresas tecnológicas preparan desde hace años gafas de realidad aumentada que buscan poner a tu disposición la tecnología que hoy usamos en los smartphones directamente en el mundo que te rodeas. La idea es que este tipo de productos se convierta algún día en algo tan necesario y disruptor como lo fueron los smartphones.

Pero, ¿cómo se controla una interfaz que no se puede tocar? Ese es el gran problema que la industria aún tiene que resolver, aunque cada vez hay más consenso en que algún tipo de interfaz cerebro-ordenador será la respuesta.

Y así está la cosa. Por un lado, tenemos movimientos que abogan por los teléfonos tontos, por dejar de estar conectados a todo, todo el tiempo. Por el otro, tenemos la certeza de que se vienen dispositivos que, de alguna forma, podrán descifrar las ondas que genera nuestro cerebro para controlar interfaces sin tocarlas.

Lo dicho. Esquizofrenia digital.

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