Lo que está en juego es gigantesco. Las empresas tecnológicas y los fabricantes de automóviles prevén un futuro en el que los conductores puedan combinar a la perfección trabajo, ocio y tareas desde la comodidad de sus coches.

La guerra por los smartphones terminó hace años, y Google y Apple ganaron. Ahora la batalla ha cambiado de escenario y es por el control de los coches. Pasamos más tiempo al volante que en cualquier otro lugar fuera de nuestra casa o lugar de trabajo. En el momento que ya no tengamos que conducir habremos desbloqueado el enorme potencial económico de ese tiempo hoy perdido. Las grandes tecnológicas y los fabricantes de coches están ansiosos por ese pastel.

Así, mientras que en Silicon Valley y Detroit están encantados con el futuro de los coches conectados y autónomos, los reguladores y los defensores de la privacidad no lo están tanto.


El temor, por no decir certeza, es que pronto harán con los coches lo que hicieron con los teléfonos. Atarán sus sistemas operativos a productos específicos y así forzarán la desaparición de sus competidores.

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En 2020, en la demanda federal anti-monopolio contra Google, el Fiscal General de EEUU ya destacó su preocupación por la entrada de la empresa en la industria de los coches autónomos. En Europa, la autoridad de competencia de la UE, ya ha abierto una investigación sobre los contratos de Google relacionados con los coches conectados.

Estas empresas tienen una cantidad de datos y un historial de no utilizarlos de forma responsable. De nuevo, los datos son la piedra angular de este nuevo mercado y los sospechosos habituales ya están en el epicentro del mismo. Si consiguen dominar el coche autónomo convertirán todos nuestros movimientos en “data points” lucrativos.

Repetimos la pregunta del título. ¿Valdrá la pena tener un sofá con ruedas a cambio de ceder más privacidad y hacer a los gigantes todavía más grandes?

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